jueves, 21 de abril de 2016

(3) Montepulciano y las termas del valle de Orcia

Nos levantamos con idea de ir a la patria del vino nobile, Montepulciano. Una de las ventajas de estar en una casa particular es que nos organizamos el desayuno a nuestra bola.


A nuestro gusto y con comodidad. Fue toda la semana un rato agradable en el que no nos privamos de casi nada: zumo de naranja sanguina, fruta, tostadas con tomate (y sabor a tomate)...


De inmediato salimos para Montepulciano, un pueblo de cierta importancia construido sobre una colina. Por tanto, hubo que andar y subir una larga cuestecita (venimos de Vigo, ciudad empinada donde las haya, no olvidarlo) hasta llegar a la Piazza Grande, el corazón de esta villa. Los coches no pueden pasar, aunque alguno vimos, supusimos que de residentes.


Fue un paseo muy agradable, y como en casi todos los sitios de la Toscana que estuvimos, una marcha atrás en el tiempo por ciudades magníficamente conservadas en las que es imposible encontrar edificios que desentonen. Y detallitos enternecedores como estos tiestos.



Lo dicho, siempre cuesta arriba, caserones con historia, pena que no la tengan expuesta por escrito en sus fachadas, sería un folletín de lo más interesante, aunque no llegaríamos nunca arriba, y en los laterales callejones (vicolos en italiano), algunos casi imposibles de tan estrechos, curvados y difíciles.


En una confluencia de caminos el grupo se disgregó. Había dos alternativas (frente a Mariajo y a su espalda) y, claro, no coincidimos.


Los más saltarines (eh, Alfonso) optaron por el trayecto más largo. Después recorrimos una bodega. 



Vimos las barricas del vino nobile (tinto, 70 % de la variedad sangiovese y el resto de otras) y estuvimos a punto de participar en un cata, pero al final los encargados no se enrollaron bien y nos marchamos.


Finalmente, llegamos todos a la Piazza Grande que es muy señorial, con la fuente de los leones (1520) en una esquina.


En la fachada de la casa comunal, el ayuntamiento, repusimos fuerzas y nos reagrupamos.


En uno de los laterales está el Duomo, enorme iglesia inacabada de los siglos XVI y XVII, que ha sufrido reformas. De aspecto monacal que nada tiene que ver con el de Siena, por poner un ejemplo.


El edificio del ayuntamiento, con fachada gótica, que data de 1440, tiene una torre con vista sobre el valle.


Comose puede observar en la imagen inferior, es una muestra de elegancia, orden y belleza. Y así todo el día.


De bajada recalamos en el café Poliziano, que es de 1868, o sea, dos años antes de que Italia se configurara como entidad nacional. Una maravilla. 

 
Tomamos un aperitivo, vinos y demás, con el añadido de que por sus ventanas se divisaba el valle.


Antes de marchar hicimos un pequeño acopio de vino y fiambre, esto último también muy reconocido en la zona, principalmente su salchichón, que hay de varias clases.



Tras atravesar los impecables campos del valle de Orcia, la siguiente parada correspondió a Bagno Vignoni, un pueblecito minúsculo que tiene como característica principal que le ha dado fama el estanque-piscina, una alberca más bien, que luce en su plaza central. Y tanto la luce que prácticamente la ocupa en su totalidad.


Son aguas termales sulfurosas manan del fondo, pero no está permitido el baño. Es algo poco frecuente, llamativo.


Dimos unas vueltas mientras esperábamos para comer. El sitio es curisoso, aunque nada que ver con las otras ciudades y pueblos que llevábamos vistos. Aquí el detalle es el piscinón termal.


No obstante, hay varias termas utilizables en los alrededores, incluida una en un hotel de lujo. 





Recalamos en la ostería Porcellum, uno de los varios restaurantes que hay en las inmediaciones de la plaza. Comimos bien y el servicio agradable y eficaz. Además de dar comidas es tienda delicatesen.


Y de nuevo a la carretera, a disfrutar de un paisaje bucólico nada cansino. Todo lo contrario, destinado a elevar el espíritu.



Buscamos las termas de San Philippo, naturales, abiertas al público como si te bañas en un río. A esta curiosa formación calcárea la llaman el "foso bianco".


Llevaban poca agua y se han formado pozas para posibilitar un bañito. 



Los/as entusiastas disfrutaron.



Según las crónicas, el aguas de esta pozas, azufrada, tiene efectos curativos para algunas dolencias y alcanza los 48 º en invierno.



Para concluir la jornada en la misma línea nos encaminamos a Pienza, un pueblo menos conocido pero que es patrimonio de la humanidad desde 1996 y desde 2004 todo el valle de Orcia en el que se encuentra (también Bagno Vignoni).



En Pienza dimos un paseo, recorrimos su calle principal y contemplamos el Duomo y alguno de sus palacios por el exterior.


Llevábamos todo el día de marcha, intentando no abrumarnos con tanta historia y paisaje, pero no era fácil.


¿O sí?



Como todos los días volvimos a casa y preparamos una cena(más o menos) ligera, antes de nuestra consabida partida al chinchimonis.

miércoles, 20 de abril de 2016

(4) Sin síndrome de Stendhal, pero disfrutando Florencia

Visita obligada estando en la Toscana y en muchos casos, quizás la mayoría, el origen de un viaje a esta región italiana. No fue nuestro caso. Queríamos ver la zona en general con especial atención al rural y a los paisajes y a la gastronomía... bueno, a todo, la verdad.



Pero, claro, Florencia estaba ahí y pasamos una deliciosa jornada.


Estas tres primeras fotografías corresponden a la vista de la ciudad desde Miniato al Monte, al otro lado del río Arno. La Signoria (izquierda) y el Duomo (catedral) con la cúpula de Brunelleschi impactan. Tamaño, diseño, belleza y como sobresalen del conjunto de la ciudad, una urbe en l aque nada parece desentonar. De cerca no parecen tan imponentes. Pero aunque lo disfrutamos, ninguno sufrió, que se sepa, el síndrome que padeció dos siglos antes Stendhal en su visita, aunque el diagnóstico de un mal de este tipo no se hizo hasta mucho más tarde, en fechas relativamente recientes.


Y desde el mismo lugar son visibles la sucesión de puentes sobre el Arno, aunque solo el primero, el famoso Ponte Vecchio se salvó de los bombardeos alemanes de la segunda guerra mundial.


Íbamos sin rumbo y sin plan fijo. Algunos ya la conocíamos y se trataba de recorrer su centro conforme fuera surgiendo. Antes logramos dejar el coche, nuestra gran furgona, relativamente cerca en una zona azul. Hubo titubeos ya que no sabíamos si podía estar todo el día, pero finalmente pagamos no hubo problema alguno.


Iniciamos el camino hacia el centro y Paco se quedó prendado de este cochecín casi de juguete, que en Vigo le podía hacer mucho servicio. Menudo flipe si lo aparca delante de su consulta.


Bordeando el Arno, ese habitualmente tranquilo río, como se puede apreciar, pero que algunas veces se revuelve. En la memoria de los florentinos mayores está todavía aquella jornada de noviembre de 1966 en que cayeron sobre la ciudad 200 litros de lluvia en 24 horas, con consecuencias terribles. Alcanzó 11 metros de altura e inundó el casco histórico, hasta 5 metros en algunos lugares.


El Ponte Vecchio es en la práctica un mercadillo más que un puente. La imagen exterior es la que de arriba, con solo un huequecito para que los turistas vean el agua. La interior son las dos que vienen a continuación.


Está siempre atestado de turistas que visitan sus joyerías (43 tiendas en total), aunque en origen, en el Renacimiento, eran sobre todo peleteros los que ofrecían su mercancía.



El motivo de que se cubriera el puente es un tanto prosaico: simplemente, un jerarca (Cósimo I de Médici) que tras su boda decidió que tuviera un corredor para cruzarlo sin tener que pisar la calle por motivos de seguridad entre su residencia y un palacio.



Y tras añadir un corto paseo desembocamos en la Signoria, la piazza principal de la ciudad, su corazón, con el edificio y la torre del Palazzo Vecchio, quizás su imagen más conocida y donde se sitúa el ayuntamiento.


Si en el puente hay turistas, aquí que os voy a contar.


Es un lugar cargado de historia y lleno de estatuas. Durante nuestra visita había una muestra artística con otras estatuas, llamativas pero actuales, como esta tortuga . 
 

Aunque la historia recoge que fue el lugar donde, por ejemplo, quemaron vivo al dominico Girolamo Savonarola por sus ataques al papa Alejandro VI. Previamente había predicado contra el lujo y la depravación de los gobernantes y fue un látigo de los Médici, pero cuandodisparó por elevación (al papa) el tiro le salió por la culata.


Imaginar qué ocurrió en 1498 (solo seis años después del descubrimiento de América) quinientos años y pico después en un plácido día de primavera en el siglo XXI no es posible, así que seguimos a lo nuestro.Y por fin ¡la catedral!, Santa María del Fiore, nombre de fácil traducción.


Es un recinto impresionante en el que había una cola tremenda para entrar. Como decidimos no subir a la cúpula ni a la torre, nos pusimos en fila para la visita libre al templo. El baptisterio y sus famosas puertas del paraíso, está también muy cerca. La catedral es famosa, entre otras cosas, por la gigantesca cúpula de Brunelleschi, que todavía hoy no se sabe como pudo construirla en su momento (siglo XIV). Tiene 100 metros de altura y 45 de diámetro.


Las pintura interiores de la cúpula. 



Cómo es habitual por aquí, el campanario está separado unos metros del resto del templo. El interior de la iglesia, suelo y paredes, está recubierto de mármol toscano que data de la época del Renacimiento. También la fachada, que impacta, aunque es del siglo XIX.


Después de callejear lo nuestro nos dirigimos hacia un mercado cuya segunda planta ha sido reconvertida en sede gastronómica con locales y restaurantes de todo tipo.


No fue sencillo encontrar acomodo para nueve personas, por lo que, una vez logrado, nos limitamos a pedir pizzas y cañas. Como curiosidad, más cara la cerveza que la comida. El sitio, muy agradable pero las colas en los mostradores disuadían.


Para hacer la digestión seguimos caminando y fuimos a Santa María Novella, construida en los siglos XIII y XIV, que acoge numerosas obras de arte. Cuenta con una capilla conocida como la Española y un cristo crucificado, la Trinidad, famoso por el dominio de la perspectiva.



Ya de vuelta al coche, proceso que se alargó un poco por aquello de no conocer la ciudad, nos encontramos con la iglesia de la Santa Croce, gótica, donde están enterrados personajes como Galileo y Miguel Ángel.


Quismos entrar a verla, pero estábamos fuera de horario.


Así que nos limitamos a contemplarla desde la plaza en la que se encuentra.



Y ya cuando nos íbamos, una vez recuperado el coche, disfrutamos por última vez de la ciudad desde el Miniato. Pese a la distancia, la cúpula de Brunelleschi nos parecía al alcance de la mano.


Conocer la historia de su construcción es casi como leer una novela. Cómo Brunelleschi, un orfebre, famoso por su mal carácter y sin conocimientos de arquitectura, logró el contrato. 


Cómo tuvo que codirigirla con Ghiberti, su enemigo que años atrás se había hecho con la construcción de las puertas del baptisterio, por la que ambos pujaban. 


Todo eso ocurría 124 años después del inicio de la catedral, a principios del siglo XV, y cuando las autoridades no daban con la fórmula para tapar el agujero donde ahora está la cúpula, que se había reservado con este fin. Pero era enorme y había que apoyar la cúpula sobre muros ya existentes de 55 metros de altura.

Brunelleschi hizo su propuesta pero se negó a dar a conocer los detalles constructivos, para que no se los robaran. Inventó grúas sorprendentes en aquellos tiempos para evitar complicados andamios y materializó dos cúpulas, la que se ve exterior y la interior, conectadas, consiguiendo lo que en su momento fue un hito que muchos aún hoy no entienden como logro.

Y nosotros viéndola una agradable tarde de primavera desde el monte vecino, sin más preocupación que volver a nuestra casa a prepararnos la cena.