sábado, 23 de abril de 2016

(1) Rumbo a la Toscana vía Bolonia

Este año decidimos suspender nuestra andadura por el camino de Le Puy a Santiago y hacer un viaje que llevaba tiempo rondándonos la cabeza: visitar la Toscana, una de las regiones italianas más interesantes. Así que empezamos a buscar algún sitio donde instalarnos y, desde allí, explorar lo más significativo de la zona.  La preparación fue sencilla porque habíamos estado en la zona, cerca de la ciudad de Arezzo, concretamente en Lucignano, hace algunos años, durante un intercambio de casas de tres semanas, y teníamos la posibilidad de hacer de cicerones del resto del grupo. Algunos habían estado en las ciudades principales y otros ni siquiera éso. Lo que está claro es que la Toscana es un sitio donde siempre se puede e incluso se debe volver.


El asterisco rojo del mapa anterior señala donde encontramos nuestra maravillosa mansión, que luce en la imagen inferior.


Fué bastante sencillo: fijar las fechas que más nos convinieran a todos y buscar en la plataforma Air BNB. A partir de ahí entramos en contacto con Fabio, el dueño, que desde el primer momento fue superamable y nos ofreció 8 noches de estancia para los 9 por el precio de 2.132 €, incluyendo la comisión de Air BNB.  En la foto siguiente aparecemos todos con él, todo un señor, que habla muy bien español con acento argentino y que vive en otra de las casas de la "pequeña" urbanización llamada "Il Pino".


A la finca, situada en la cima de una colina con un panorama muy toscano, se accede por esta maravillosa avenida de cipreses.


Desde arriba, el paisaje es inmenso y la tranquilidad absoluta. Todo el entorno está cuidado con esmero.  La pena es que el calor no fuera lo suficiente para tener las dos piscinas en funcionamiento y disfrutarlas. En el interior de la finca hay siete casas algunas de ellas tan grandes que están divididas para tres familias, y todo ha sido restaurado en el estilo de la zona.


  Lo cierto es que la realidad supera las fotos, pero esta captura de google maps sirve para hacerse una idea.


A nuestro alrededor vimos a diario faisanes (sorprendente, no se esconden cuando pasas con el coche) también conejos, y nos despertábamos al ritmo de los pájaros alterados por la primavera.


¿Se puede pedir más?


Aunque este año el aeropuerto de Vigo ha estrenado una línea estival con Bolonia decidimos salir de Oporto (el vuelo de vuelta sí fue a Vigo) para alargar el viaje a  nueve días en lugar a los siete. Hasta el Sa Carneiro nos desplazamos en bus desde Vigo, bajo una lluvia torrencial.

 
Tuvimos que esperar un poco, pero tampoco teníamos prisa. Y cada uno empleó el tiempo como le dio en gana. En el caso de Paco, decidió meditar un rato bajo el árbol de los deseos del aeropuerto de Oporto,donde quien quiere deja un papelito con sus peticiones.


Llegamos a Bolonia sobre la media noche pero pudimos recoger la furgona de nueve plazas, exactamente el número de viajeros, una Opel Vivaro a estrenar, con apenas 20 kms de historia, y pasamos la noche en un hotel junto al aeropuerto. Todo sin problema alguno. La foto siguiente ya es del domingo, desayunados y en el centro de Bolonia donde conseguimos aparcar la megafurgo para dar una vuelta por la ciudad.

 
Dedicamos la mañana del 17 de abril a callejear por el centro de Bolonia, una ciudad agradable sede de la primera universidad de Europa y que en las últimas décadas no para de perder población, aunque ignoramos los motivos de esta crisis. 


Según leímos, bajó de 490.000 habitantes hace unas décadas a 380.000 hace poco más de diez años. Pese a ello, menuda marcha el aeropuerto: grande no es, y de hecho andábamos apretujados por la terminal, pero vuelos...un montón, menuda envidia. A sitios de muchísimos países. Debe ser el turismo de la Toscana, aunque el epicentro sin duda son los aeropuertos de  Florencia y Pisa.


El domingo había mucha animación por las calles céntricas, incluso un mercado en el que vendían flores, adornos....un poco de todo, como se ve en la foto anterior.


Bolonia disfruta del segundo casco antiguo medieval más grande de Europa después de Venecia. Y es la que más espacios tiene bajo soportales con lo cual la lluvia nunca es un problema.


Dimos vueltas sin orden ni concierto, como suele ocurrir en estos casos, aprovechando las tres o cuatro horas que estuvimos allí.



El Duomo (catedral) es impresionante, pero veríamos otros todavía más espectaculares en los días sucesivos. Nos sorprendió la presencia de militares y policias fuertemente armados en varios lugares de la plaza y había registros para acceder al interior de la iglesia. Las vimos después en otros sitios similares.



El lugar más famoso de Bolonia son estas dos torres, la más alta de 98 metros (485 escalones, aunque no subimos ni sabemos si se puede) y son las únicas que quedan de otras muchas que existieron.




Tanto dar vueltas nos entró sed y decidimos tomar un ligero tentempié antes de salir para Foiano della Chiana, el pueblo donde habíamos alquilado la casa. Eran dos horas de carretera y habíamos quedado a las cuatro de la tarde.



Otro rincón que encontramos en nuestro paseo, ya cerca del barrio judío.



Nuestros queridos letrado y letrada no resistieron la tentación de inmortalizarse delante de la Facultad de Derecho de Bolonia, cuya universidad se creó, ojo al dato, en el 1088. Celebración del milenio a la vista.

Llegamos antes de la hora a nuestra cita a pesar de que la autopista estaba atestada y allí nos esperaba el dueño de esta supermansión, a las que las fotos hacen justicia.
 

Nos explicó Fabio que lleva 11 años construida la urbanización sobre los restos de antiguas construcciones. Nuestra casa tenía en la planta baja una habitación con baño, salón, comedor y cocina, otro baño y el cuarto de la lavadora y en la superior cuatro habitaciones con baño.


Estaba dotada de las comodidades necesarias y en el exterior tenía mesa y barbacoa, pero no las utilizamos. Tuvimos buen tiempo, pero no el calor necesario ya que las horas de la comida nos pillaron siempre fuera.



Una vez instalados, cogimos nuestra superfurgona y empleamos lo que quedaba de tarde en acercarnos a la vecina Cortona, un pueblo histórico, como casi todos en la Toscana, donde se desarrolla el conocido libro Bajo el solo de la Toscana. Antes hicimos una primera compra en el supermercado para llenar la nevera y poder desayunar y cenar al día siguiente.



Tiene una gran plaza central, irregular pero de gran encanto, y excuso decir que también como casi todas las poblaciones medianas está situada sobre una colina. En otras palabras, que hay cuestas, pero el esfuerzo compensa. La tarde del domingo estaba animada pero con pocos turistas.


En estos casos, y lo sabemos bien los de Vigo, se hace preciso localizar las calles que circundan la colina para poder pasear con comodidad. Como no podía ser menos, la calle comercial era una de ellas. Y aunque domingo, gran parte del comercio estaba abierto.


Las escaleras y la foto inferior están tomadas en la plaza central, un encanto de esta villa de origen etrusco (como Bolonia) que se cree existía en el siglo VIII antes de Cristo, y con importancia durante la mayor parte de su historia.


La siguiente es otra imagen de Cortona desde un mirador.



Antes de pasear decidimos dejar atada la cena y reservamos en El Preludio ya que a fin de cuentas no habíamos comido, y no es cosa de pasar hambre cuando se viaja. Está situado en una empinada calle de acceso a la plaza, tenía buena pinta y así quedó la cosa.


Sin embargo, llegado el momento hubo algún que otro problemilla. Entramos a las ocho en punto, la hora fijada, y el camarero al que le pedimos la mesa reservada para nueve nos observó como si viera fantasmas. No sabía qué decir mientras miraba una mesa de diez australianos a los que acababa de acomodar pensando que éramos nosotros. Tras unos momentos de indecisión y viendo nuestra cara de disgusto (hasta pensó en levantar a los australianos) decidió desalojar a una pareja y nos situó en el único sitio posible. Pensamos irnos, pero era un lío mayor. Al final la cena estuvo normal, con un espumoso de entrante y un licor cortesía de la casa a los postres. Enfin, una simple anécdota para tener algo que contar. Eso sí, quedamos encantados con los australianos: descubrimos que puede haber gente de otra nacionalidad que haga tanto ruido como nosotros cuando cena en grupo. Un consuelo porque nos dieron la cena con lo que gritaban y a medida que acababan las sucesivas botellas de vino, gritaban un poco más.


Para que se vaya conociendo nuestra casa toscanera: arriba, el comedor junto a la cocina, con una mesa ad hoc para diez personas y salida al exterior donde hay otra mesa similar. No sale en la imagen un aparador (a la izquierda), como casi todos los muebles de la casa, antiguo, con lo necesario en cuanto a vajilla y demás. En la imagen inferior, el salón, situado al otro lado de la entrada de la casa. Cómodo y agradable. Como la casa era espaciosa no tuvimos en ningún momento sensación de agobio. Una gozada.



viernes, 22 de abril de 2016

(2) Arte por aquí, historia por allá

Pasear por la Toscana, incluso habiendo estado antes, es situarse en una nube y contemplar maravillas. Une casi todo, arte, historia, paisaje, gastronomía, ciudadanos amables y un idioma sonoro, casi musical, y asequible para los españoles. Una vez en el sitio no hay otra que afrontar la enchenta con la mejor cara aunque se intuya una pesada digestión vital.

 

Iniciamos el proceso en San Gimignano, un pueblo grande, o una villa mediana, como se prefiera, oscurecida por urbes como Venecia, Florencia o Siena y que en otro espacio, sin tanta maravilla próxima brillaría más.


De hecho, El País publicó esos días en El Viajero una selección de 30 pueblos italianos interesantes y menos conocidos. El primero de la lista era San Gimignano. 


Es famoso sobre todo por sus torres, de las que quedan 14 pero llegó a contar con 76. Son edificaciones sin ventanas y de gran altura. ¿Su función? Ni defensiva ni nada parecido, pese a su configuración. Solo buscaban evidenciar la riqueza de sus propietarios.


Su centro histórico fue declarado patrimonio de la humanidad en 1990. Como es obligado, dejamos el coche fuera ya que es una villa peatonal.


Estuvimos allí un lunes de abril neutro, sin cercanía a ninguna festividad. 


Pese a ello, y a pesar de lo que pueda parecer a la vista del callejón de arriba, había mucha gente por las calles, entre otros, muchos grupos de estudiantes italianos en viaje de estudios, suponemos. En verano o en jornadas festivas, está siempre a tope.


Había gran animación en sus calles llenas de tiendas de regalos y souvenires.


La plaza central, o de la Cisterna, por el pozo que tiene en el centro, es una maravilla. Sentarse en el borde del antiguo pozo y revisar los inmuebles históricos que la rodean es un auténtico placer.




Tanto Porota como Ana


Y también Manolo


Cedieron a la tentación de inmortalizarse junto al emblemático pozo.


Después, decidimos hacer el primer esfuerzo y una parte del grupo subimos a una de las torres, 200 escaloncitos, para disfrutar de las vistas. El panorama lo tenéis en las fotos siguientes.


 

Antes de irnos visitamos una exposición del fotógrafo Robert Capa, famoso por retratar la guerra civil española, la segunda guerra mundial y otros conflictos bélicos. Las imágenes abarcaban desde el desembarco aliado en Sicilia hasta la batalla de Monte Cassino. Interesante.

En la fotos, más que la guerra en directo y combates refleja la periferia: civiles heridos, soldados muertos, familias escapando con sus niños pequeños, la entrada de los vencederes en las ciudades aclamados por la población y nazis prisioneros.

 MONTERRIGIONI


Tuvimos suerte con el día (prácticamente toda la semana, hasta que al final empezó a llover). No salió mucho el sol, por tanto, no hizo calor, y tampoco frío, sí fresco a ratos. Ideal para el turisteo.


Seguimos la ruta en Monterrigioni, un pueblecito amurallado perfectamente conservado.



Es un pequeño pueblo que se recorre en poco tiempo, pero el paseo es muy agradable.


En la iglesia de la plaza algunos aprovecharon para poner sus asuntos (espirituales) en orden, con un cura un poco apócrifo, pero que se puso muy en su papel, tras lo cual nos dirigimos a un restaurante situado a las afueras a reponer fuerzas.


Recalamos en el Bar dell Orso, que tiene buenas críticas que ya habíamos ojeado antes. El interior era casi tipo bodega y atacamos la pasta y algunos carne y conejo al estilo de la región con vino chianti. Comimos a gusto y bastante cómodos.


SIENA


De allí nos dirigimos a la imponente Siena, también patrimonio de la humanidad (1995). Llegar y salir fue casi lo más complicado. Encontrar extramuros donde dejar el coche, fue un poco latoso. Nuestro vehículo tampoco es que fuera de meter en cualquier huequito, ni siquiera pagando y estuvimos una hora dando vueltas hasta que lo logramos. 


Siena tiene dos puntos neurálgicos, la plaza central y la catedral. Para llegar a la primera caminamos por calles históricas muy interesantes.


La plaza, donde se celebra dos veces al año desde hace varios siglos el famoso palio o carrera de caballos, impacta cuando se accede por alguna de las calles laterales y se contempla por primera vez. Existe la opción de subir la escalinata de la torre, pero íbamos a estar solo un rato y no nos lo planteamos. Cuando llueve o ha llovido prohiben subir ya que es muy resbaladiza.


La plaza es un espectáculo en sí misma. Está en pendiente y tiene grandes dimensiones. Es un semicírculo con un frente recto.


Siempre hay mucha gente, sentada, paseando, charlando y los inevitables turistas, como nosotros.


En el centro la fuente Gaia, una gran pila de mármol copia del siglo XIX de la original, que fue retirada para evitar su deterioro. La primera fue construida a principios del siglo XV. El agua le llega desde un acueducto de 25 km. que la canaliza desde hace casi 600 años.



Y la catedral, imponente, a la que llegamos al caer la tarde. Tanto, que estaba cerrada. Le lloramos a la vigilanta y, conmovida, nos dijo que fuéramos a toda velocidad a una puerta lateral, la de la Misericordia, donde nos permitieron entrar unos minutos.


Dentro había obras y la parte central estaba cerrada, pero hubo quien se las ingenió para pasar.


Iniciada a mediados del siglo XII, se terminó en 1380. Es un ejemplo de la arquitectura gótica italiana. Su interior deslumbra e impresiona.
Y antes de volver a nuestra casita de Foiano, aprovechando el amor de los italianos por los helados, nos sumamos a esta pasión.


Y ya en nuestra maison, inauguramos la temporada deportiva: aprovechando el vinsanto (vino de postre) italiano y los cantucci (dulces duros que se mojan en el vino) que nos había dejado Fabio, celebramos la primera partida de chinos (o chinchimonis) de las vacaciones. La competición se repetiría todas las noches. Los resultados.......secretos.